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martes, 4 de agosto de 2015

Dios es...



Me encontré con la existencia de dios de una manera insospechada. Cuando lo capté supe estuvo ahí desde que algún ser viviente obtuvo razonamiento. Y ahí permanecerá hasta cuando el último organismo con capacidad de pensar desaparezca de la tierra. Así de fuerte es dicho pensamiento. Una influencia innegable, absoluta y eterna.
En el año presente -2015, para los futuristas- existe una corriente, pequeña pero representativa, de personas dadas a la tarea de publicar en Facebook (la más populista de las redes) frases con el leit motiv “Dios es…” a la cual se agrega un adjetivo calificativo coronando ambas palabras para mostrar a quien lo postea como alguien con  una fe inquebrantable y tan segura que debe presumirla e imponerla a cuantos vean su muro.
Es un ejercicio de libertad indiscutible, cada quien puede escribir y mostrar en sus redes cualquier creencia y buscar con ello influenciar a quienes por azar o voluntad reciban el mensaje, de esa manera funcionan los canales de comunicación en nuestros días y no hay forma de cuestionar aquello que por tan reciente es difícilmente mesurable.
En mi caso, como señalaba antes, llegué a la confirmación de una posible existencia mental de dios gracias a una serie de reflexiones aleatorias motivadas por el pensamiento del católico dominico Giordano Bruno, quien llevó el panteísmo a un nuevo nivel al afirmar que nuestro sol es apenas una mínima estrella dentro de la galaxia en la cual se nos incluye; un principio sobre el cual se forjaría más adelante la idea del Multiverso. Pensar en ello me dio pánico. Pero hubo otro asunto que me llevó más allá: pensar la distancia de 0 a 1 en función de los números reales. En los primeros pasos de la escolaridad nos enseñan: los números comienzan en 0 y de ahí siguen una línea perpetua y simple, pero no nos hablan de las infinitas posibilidades de  variaciones para llegar hasta el número 1.
Ambos pensamientos (cuando los recordaba, tampoco es que los tuviera presentes todo el tiempo) me devoraban la cabeza y posteriormente el camino que seguí -como nihilista que he escogido ser en la vida- fue tratar encontrar textos con explicación de ambos hechos realizados con métodos científicos. En mi tiempo Hawking ya había demostrado la inexistencia de dios mediante una fórmula matemática, pero es una ecuación incomprensible para mí, por ello busqué una alternativa desde las ciencias sociales, desde la sociología, mi campo de conocimiento. Entonces entendí. Dios es necesario.
Lovecraft apuntó al miedo como el primer sentimiento consciente en los humanos, en contrapunto muchos señalan que fue el amor, el cual invariablemente sentirán madre y padre por su criatura. Yo pienso en dios acorde a una noción similar a la del escritor de Rhode Island: Los primeros seres racionales vagan en una noche de lluvia buscando refugio, repentinamente, un rayo golpea al árbol donde buscaban refugio. El árbol se incendia. El grupo no se explica cómo aparece una cosa inmune al agua. Es el fuego. Una fuerza implacable, voraz, incontenible y al mismo tiempo replicante de la luz diurna, la cual tanto les ha favorecido cuando el círculo brillante brinda su fuerza desde lo alto y se muestra en algo nombrado después “día”; pero es inasible porque lastima, da calor, energía, pero también causa daño. No hay manera de explicarlo. Entonces es menester temerle. Estaba arriba de ellos y ahora ha venido a la tierra. El pánico es la generalidad, pero alguien, quien trata de mantener la calma, señala que al ser inexplicable, superior y dominante sobre sus destinos, debe ser venerado para conciliar y no provocar su fuerza superior.
Nacieron los dioses.
El fuego era uno, pero había además un dios que hacía florecer los campos, otro hacía crecer las plantas; otro daba el fluir de los ríos, alguno más paliaba el dolor de perder a un ser querido y nace entonces otra idea: quien muere trasciende a un plano subsecuente. De ahí hay un paso breve para pensar en la existencia de diferentes niveles para quien haya llevado su vida con las reglas de la tribu o las haya quebrantado, la esencia de los muerto tendrá un futuro dependiendo de su comportamiento o clase social. Era imperante explicar lo inexplicable por medio de las formas de pensamiento latentes.
La tenacidad de la vida es incompresible. La fuerza de sobrevivir es el motor para la permanencia de nuestra raza sobre la tierra. Por ello, la dimensión de vastedad  representada tanto por el tamaño del universo como la distancia de 0 a 1 me llevaron a pensar en la falsa necesidad de la existencia de un dios ¿Cómo podemos explicar algo inconmensurable, aquello no medible de ninguna manera conocida por el ser humano sin perder la razón? Ese es el fundamento de la noción de los dioses, si nuestra mente no está capacitada para pensar en esos niveles, los mismos en los cuales nos va bien o pésimo en la vida, si llega o se va un nuevo miembro en nuestro camino en el mundo, cuando limitamos la explicación del rumbo del día a día mediante la sentencia cristiana “los caminos del señor son misteriosos”, del sufrimiento compensado en otra vida; aceptamos todo cuanto venga en el reduccionismo de la fe, la cual implica la nulidad absoluta del raciocinio para comodidad de nuestra cordura. La explicación del paso en la vida, tranquilo e inocuo cuando le brindamos a un ser superior la responsabilidad de nuestros actos y pretendemos ignorar las consecuencias por la moral con la cual hemos crecido.
Somos pequeños e indefensos comparados con los tardígrados. Ignoro si estos tengan dioses para justificarse, si dimensionen su paso en un universo que ha tardado millones de años en construirse y del cual son los máximos sobrevivientes. Somos polvo de estrellas, tal como dicen Sagan y de Grasse Tyson. Creo que el universo y la vida son infinitos y no se limitan al planeta a diario masacrado por nuestro actos, y por tanto la idea de los dioses, y peor aún, de un solo dios, no hace sino abonar para confirmar nuestra intrascendencia como seres vivos.

martes, 11 de junio de 2013

Cuarenta, o del inconveniente de haber nacido




Y aunque
te claven las manos en una cruz,
canturreas un vals desde lo alto
-Maïakovski-

En 1980 John Lennon escribió –a petición de Ringo Starr- un tema llamado Life begins at 40, horrendo, por cierto y que nunca llegó a comprobar dado que murió en el año en que recién los cumplía. Pete Townshend dijo antes que no confiaras en alguien mayor de 30, pero actualmente tiene 68, así que la fuente no es muy fiable.
Para alguien con síndrome de Peter Pan el llegar a dicha edad no es divertido, máxime si aparte de ello los aparenta (y más), pero es el curso de la vida, de manera que no hay forma de escapar de ello salvo que las circunstancias no lo permitan y antes de cuatro meses haya pasado a ver si lo que dicen que hay del otro lado de la luz es cierto, cosa que por otro lado no me apura comprobar, por cierto.
Sin embargo no quiero. A pesar de que he vivido más y con mayor intensidad que muchos de los que lean estas líneas no me apetece entrar a la decadencia con un optimismo vendido por los fans de Viva la gente. No es cierto lo que dicen de la plenitud salvo que se refiera a plenitud de achaques; lo cierto -y comprobado por mis amigos, la gran mayoría menores que yo- es que desde recién pasados los 30 las cosas no corresponden a lo que estábamos acostumbrados, una carrera al camión, 3 flexiones, 2 pisos de escaleras y hay que tomar respiro, no se diga ya entrar en un escarceo amoroso sin tomar unos minutos de respiro antes del siguiente, si es que antes no nos ha vencido el sueño.
El cuerpo tolera más el alcohol y algunas drogas, es cierto, pero también lo es que las resacas se extienden por más tiempo y aparte nunca faltan varios amigos que presumen de haber encontrado una vida más saludable y ya corren x kilómetros, nadan tres ríos, sacan a pasear al perro o practican algún deporte engañando a la propia decadencia de  su cuerpo, eso sí, muy animados. Doblegados por lo políticamente correcto pues; la verdad es que uno empieza a preocuparse por cada nuevo dolor o signo incorrecto en el cuerpo.
La vida socio-política, ¡ah!, A lo largo de los años he participado en varias circunstancias y movimientos relevantes que no me son reconocidos, he recibido en cambio un premio nacional de poesía patito y otro de periodismo cultural en un lugar donde eso es letra muerta. Lo demás, en cambio, se ha considerado obra de otros. La patética sombra del payasito, pudiera decirse.
También durante el transcurso de los 30 uno va aprendiendo que no se puede decir todo lo que se piensa, que hay que cuidar la chuleta y tolerar al jefe idiota que no entiende cómo funcionan las cosas pero es quien paga, porque antes que la dignidad está la renta, luz, teléfono, colegiaturas, cable y todas esas cosas que nos imponen para pensar que es grata la vida.
El amor es otra cosa, señores, como diría mi amado Eduardo Lizalde. A esta edad a uno se le ve mal si no tiene una pareja estable y varios escuincles jodones que le embarren la casa a diario. Nada más aburrido que la imposición monogámica de la cultura occidental pero qué bien viste en las reuniones de amigos donde hay que ir con la compañera de vida y hablar de cuan bien nos ha ido mientras están todos juntos y de qué forma nos hace miserable la existencia cuando nos quedamos con los compañeros del mismo sexo; ya lo dijo Juanga, no cabe duda que es verdad que la costumbre es más grande que el amor. He padecido el amor, no me gustó.
Aquí aparece otra cosa, la música. Todo lo que escuchamos es de ancianos. Ya no se puede decir que qué tiempos los de Dio con Black Sabbath o la mera onda de los Shocking Blue sin que te vean como un anciano decrépito, vaya, hasta los 90 se han vuelto obsoletos, con todo y que alguien con el mínimo conocimiento musical sepa que la mayor parte de la música se ha vuelto mierda después de los años 70, con sus muchas excepciones, y el que me refute que aviente el primer disco de Flans o el Let´s Dance de Bowie.
Y ya empecé a ser lépero e incorrecto, lo cual no está bien en estos tiempos. Perdón si alguien se sintió ofendido por la referencia a la mierda ¿debo escribir m***da? Para que se vea más bonito?
Supongo que debo en este momento ondear las banderas de los movimientos LGBT, feministas, izquierdista, ciclista, animalista, vegano, ambientalista y todas esas cosas necesarias de suscribirse para aparentar ser una persona de bien. No. lo siento. En estos casi cuarenta también he aprendido que todas estas movilizaciones son llamados claros a la intolerancia aunque se traten de ver muy abiertos y democráticos. Con todo respeto pero ya no les tengo respeto.
Y aun así la parte cursi de mi quiere al mundo, de una manera salvaje, imprudente, sucia, idiota, pero sincera. Algo de cariño le tengo y por eso odio a quienes no respetan el espacio y vida de terceros –que es el 90% de la población- y vivo y muero por mis sobrinos, los reales y los que me he atribuido y eso, únicamente eso, es lo que me ancla a este estúpido mundo, la despreciable esperanza de que algo puede cambiar y que puedo ser parte de ello.
Fuera de eso algo he disfrutado. Momentos principalmente con cada uno de los que leen estas líneas y lo aseguro porque consciente soy de que tengo pocos lectores y casi todos forman parte de mi vida, cada uno sabe lo que le debo –habrá quien se haga como que no y que al contrario le estoy en deuda-, lo que hemos vivido y lo que pudiera faltar. Para mí ha sido mucho, lo agradezco, pero a la mierda los cuarenta y la vida que les sigue.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Década 1 (I)


Los primeros rayos de luz del año 2000 me dieron de lleno en el ojo derecho para recordarme que era hora de ir al mercado República por un menudo que apaciguara los últimos vapores etílicos del siglo XX en mi cuerpo; agarré rumbo y me lancé a esas calles que finalmente no habían desaparecido como predijeron los eternos fatalistas e interpretadores de biblias, Nostradamus y mitologías varias que auguraban en el comienzo del milenio el fin del mundo como lo conocemos.
No imaginaba entonces la serie de señales que durante el año se dieron para formar el camino del planeta en esta nueva etapa (bueno, nueva de acuerdo al calendario gregoriano, que marca tanto el tiempo de occidente como el dominio ideológico del cristianismo); Bill Clinton fallaría en su intento de remediar de una vez por todas el estúpido conflicto árabe-israelí y la soberbia de Ariel Sharon habría de generar una nueva Intifada. Slobodan Milosevic se enteraría por medio de la TV que su leyenda como “Carnicero de los Balcanes” llegaba a su final junto con la República Socialista de Yugoslavia.
De este lado del continente, la avejentada Revolución Cubana cobraba un nuevo respiro cuando Fidel Castro comprendió el poder de los medios masivos de comunicación y en una coreografía sin par con el gobierno gringo realizó un incipiente reality show de la desgracia del niño náufrago Elián González, que sin deberla ni temerla se convirtió en icono de lucha contra el “imperialismo yanqui”, un golpe más para la administración Clinton, que tuvo dramático final con unas elecciones por demás dudosas para el supuesto país más democrático, merced a lo cual llegó a la silla el simio antropoide de George Bush Jr.
Para infortunio, no acababa de burlarme del destino del vecino norteño cuando me tocó el dudoso honor de anunciar en vivo desde el Consejo Estatal Electoral el triunfo en las urnas de Vicente Fox Quesada, candidato a la presidencia de la República por el ultraderechista PAN, nota que me llevó a tener que salir a tomar aire a la calle, sólo para darme cuenta del ambiente festivo desatado, ante el cual sólo pude pensar lo que anteriormente tenía preparado para USA: Los pueblos tienen el gobierno que se merecen.
Al menos para los tragos amargos pudimos disfrutar ese año de películas como Snatch, de Guy Ritchie; la maravillosa 9 Reinas de Fabián Bellinsky; Requiem por un sueño, de Aronofsky; Amores perros, buena película que gracias a la sobrevaloración que obtuvo puso a México en la mira internacional; la entrañable Casi Famosos y la pacheca Battle Royale, así como la durísima Viólame.
En la música no nos iba tan mal tampoco, Radiohead sacó a la venta Kid A, extraña pieza que ya ha sido declarada por toda serie de dudosas listas como el mejor de la década. Coldplay se aventaba con Parachutes; Lou Reed con su Ecstasy; el At The Drive In de Omar Rodríguez hacía lo propio con Relationship of command; Primal Scream con XTRMNTR; Björk traía el soundtrack de Dancer in the Dark en Selma Songs y Muse empezaba a abrirse camino con el magnífico Showbiz. Uno pensaba que al menos en cine y música podría librarse de las desolaciones del tiempo e Internet comenzaba a ser un espacio de intercambio importante, el campo donde la voracidad de las disqueras y distribuidoras estaba siendo minada merced al trueque primitivo avalado por Napster, el programa de intercambio más extendido entonces, característica que le valió ser demandado por varias disqueras tras un berrinche de los mamarrachos de Metallica. El embate, sin embargo, sólo consiguió que Napster ampliara su número de usuarios; la primera gran batalla contra el sistema económico parecía estar dada a favor de los internautas… sin embargo Napster cedió y se vendió a Bertelsmann para empezar a cobrar por descarga a partir de 2001.
El Zeitgeist de la década estaba echado.

domingo, 31 de agosto de 2008

Aforismos para este infierno

Para la sociedad, lo correcto es hacer lo que se “debe”, para vivir, lo correcto es hacer lo que se quiere.

Lo único que te perteneces es tu propio cuerpo, es el único espacio inalienable, por tanto, puedes y debes hacer con él lo que quieras sin remordimiento por lo que piensen los demás.

El espacio que la tuya ocupa en la línea de la vida es ínfimo, así que no vale la pena desperdiciarla moralmente en cualquier tipo de privación de placer voluntaria.

La idea de dios es absoluta y necesaria, mas no por ello hay razón de dirigirse siempre con respeto a dicho ente, todo el bien proviene de su gracia, pero el mal entonces no existiría sin su venia.

El alma es una idea de devoción para entregarse a los seres amados, el espíritu propio, tal como el cuerpo, es enteramente íntimo.

La vida en pareja para nuestra cultura es sinónimo de subordinación y esclavitud permisiva, nunca de compartición de libertades.

La razón la tengo yo, tanto como tú y el resto del mundo.

viernes, 21 de diciembre de 2007

¡Ah, la navidad!


Las calles están atestadas de gente que no piensa más que en sí misma y si te chocan te voltean a ver feo; en las tiendas nadie duda para meterse alevósamente en la fila para pagar o de soltar unos cuantos codazos para hacer desistir a uno del artículo en rebaja que pensaba comprar; en los estacionamientos, más que de costumbre, cuando apenas se va a echar uno en reversa, ya hay un gandalla que se metió en el lugar donde pensábamos aparcarnos y todavía voltea a vernos con cara de “a ver, dime algo”; las carreteras son un terreno en extremo peligroso porque a nadie le importa nada que esté fuera de los límites de su propio auto; las posadas son otro invento católico que sirve para todo menos para lo que fue creado, son celebraciones de los excesos, pero eso si, todos se siguen creyendo muy fieles; se engaña a los niños forzándolos a portarse bien –que no es más que obligarlos a obedecer nuestras instrucciones por absurdas o injustas que sean- a cambio de que “llegue Santa Claus”, lo cual no puede ser si no calificado como soborno y un infame atentado contra el libre albedrío de la niñez; los villancicos son en conjunto algunas de las composiciones musicales más cursis y aberrantes que se hayan escrito (y peor si son reinterberreadas por Tatiana) y el ambiente se llena de un amor más falso que las buenas intenciones de un diputado. Entonces, ¿qué tiene de bueno la navidad?
De pilón, lo que se supone se festeja -el nacimiento de Jesús, el guía espiritual del cristianismo-, parece ser una falacia pues de acuerdo a algunos historiadores el natalicio en realidad se dio en la primavera y el hecho de que se celebre el 25 de diciembre tiene que ver con los ritos de diferentes culturas hacia los dioses de la fertilidad y del sol, y en esa fecha específica coincide con la celebración del nacimiento del dios romano Apolo.
En fin, queda claro que absolutamente cualquier pretexto es bueno para organizar fiestas y tirarnos al consumismo, y mientras eso suceda, quienes controlan la economía promoverán ávidamente la felicidad navideña enfundados en un ridículo traje rojo.
Ho ho ho ho.

Ah, y por cierto: Felices fiestas.

jueves, 20 de abril de 2006

"Buenos días, hermano"

Comencemos por imaginar el escenario: las 8 de la mañana de un domingo cualquiera, de esos en los que a la hora referida uno tiene a lo mucho 4 de haberse acostado, es decir, la resaca viene entrando con fuerza y la idea es combatirla con largas horas de sueño, lo cual se va logrando...hasta que tocan la puerta.
Hay 2 opciones viables entonces, levantarse y atender o hacer caso omiso al llamado; por lo regular se toma la segunda opción, pero los toquidos continúan de tal manera que uno no puede dejar de pensar que la insistencia es por una grave urgencia, así que uno se levanta, aplica un salivazo al pelo, se talla los ojos, si es posible se medio refresca la boca y se dirige a la puerta, abrimos y -comienza el martirio- nos topamos con un par de mujeres horrendas con una sonrisa fingidísima tras la cual dejan escapar un “Buenos días, hermano” (¿Hermano? En la vida las había visto y salvo a unos cuantos amigos muy cercanos a los cuales en alguna lejana ocasión he llamado así, no ando con la ridiculez de hermanear a cuanto ser viviente se me presente a la cara).
Antes de que pueda uno abrir la boca, ya te están hablando de la necesidad de acercarnos a dios (a su dios, obviamente) y de cómo tu vida miserable puede ser salvada. Si, yo también he pensado en el homicidio en ese instante, pero como no es políticamente (ni penalmente, que es más grave) correcto hacer eso, comparto algunas experiencias que me han ayudado a librarme de tan nefastos seres (que por cierto no entienden con un “no gracias” por muy amable que lo expresemos)
En una ocasión, luego de escuchar a las sujetas en cuestión me dieron una revista en la que se explicaba detalladamente como mi alma podía ser salvada. Yo, con toda la sana intención de regresar tan amable gesto, fui a mi cuarto y les regalé también una revista. Ellas se sorprendieron, se sonrojaron, me dijeron que no podían aceptarla, una de ellas hasta como que se indignó (sigo sin entender porque, a lo mejor no le gustaba la amabilidad correspondida) total que se retiraron apresuradamente, casi sin despedirse y me dejaron con en el anual 93 de la revista Hustler en las manos.
Otro día, con la cruda aporreándome a tal grado que estaba susceptible a creer en los demonios más horrendos de cualquier religión y con un humor de los mil ídem, de plano interrumpí su pesado discurso y le pregunte: -“Señora, ¿a usted le gusta el heavy metal?”- como vi que no captó le expliqué que se trataba de lo que los oyentes inexpertos llaman “rock pesado” y aclarado el punto me dijo que no, que prefería otro tipo de música. “Mire usted –proseguí-, a mi me gusta mucho, me llena, me conmueve, escucharlo es una experiencia muy placentera, sin embargo no ando de casa en casa molestando gente para invitarla a escuchar la música que me gusta porque me parece de pésima educación y en contra de la libertad de que cada quien, sin medios inductivos, haga, escuche y crea lo que le de la real gana”. Acto seguido cerré la puerta, pero no pude dejar de asomarme a la ventana para encontrarla ahí parada con cara de pasmo, en la mera orillita del desconcierto.
En otra ocasión me tocó que el predicador, evangelizador o como se le llame, venía del preescolar de la propaganda religiosa. Al abrir la puerta me encontré con un niño de unos 10 o 12 años, vestido muy correctamente con una camisa blanca rematada con una corbata de moño y su infaltable biblia en la mano; unos metros atrás, un sujeto barbudo y bonachón de sonrisa estúpida -que intuí era padre del niño-, observaba los pininos del joven elegido para propagar la fe.
Comenzaba el pequeño su diatriba cuando con toda seriedad le interrumpí:
-Gracias niño, pero soy satanista-.
No creí que los ojos alcanzaran de manera natural tal rango de apertura como la del niño, misma que me hizo saber que en sus primeras lecciones no incluyeron el trato con un supuesto seguidor del rival de su dios. El barbudo también se sobresaltó, así que ya no entendí nada, pues incluso el peor vendedor de cambaceo, creo yo, debe tener el ingenio para convencer al cliente y en este caso, tuvieron que quedarse con su producto.
En las tres ocasiones regresé a dormir incluso con mayor placidez, con eso que le llaman alma llena de una extraña alegría malévola y los madrugadores de domingo han desaparecido un buen rato de mi puerta.