miércoles, 22 de agosto de 2012

Oscuro

El preámbulo para el arranque de la Muestra Estatal de teatro, que después de varios años de ausencia se vuelve a dar en San Luis Potosí se da con la presentación -única, desafortunadamente- de Oscuro, tercer montaje de Compañía de teatro del Instituto Potosino de Bellas Artes y una experiencia revitalizante al teatro del estado, aunque el mismo esté casi ausente en la puesta.
Bordeando vagamente (intervención libre, dice en el cartel) al Otelo de Shakespeare, tres personajes disertan en un incierto paraje sobre las relaciones humanas, el poder, la violencia y los demonios internos. Des (Luciana Silveyra) una Desdémona bragada y manipuladora, Otter (Ricardo Esquerra) como un Otelo que trata de ser cerebral pero está nublado por las pasiones y Jako (Plutarco Haza), el Yago desparpajado y ambicioso conforman este trío atrapado en un pedazo de desierto que puede ejemplificar lo seco de sus propias vidas.
La puesta en escena planteada por parte de Marco Vieyra muestra buena mano al distribuir el trazo de manera que el espectador se mantiene siempre atento pese a la excesiva verbalidad de algunos monólogos, el trabajo de los actores ha sido bien aprovechado y la composición de escenografía y vestuario, a cargo del experimentado Philippe Amand enmarca a la perfección un trabajo que va directo a los sentidos, que no apela a una progresión convencional porque transita en una línea espacio-temporal paralela a la nuestra aunque cercana como para saber que de lo que hablan nos atañe de manera directa.
El texto es obra de Edgar Chías, uno de los talentos nacionales de la generación que abre este siglo y en él se ven reflejadas constantes de su obra como la reflexión en torno al sinsentido de la violencia, los roles femenino-masculino en sus polos positivo y negativo y la lucha de poder en general, tanto de manera simbólica como explícita.
Uno de los elementos más atractivos es la presencia de un caballo blanco manejado por Claudia Florescano y el rejoneador Enrique Fraga, al que le he dedicado atención aparte porque presenta al mismo tiempo un acierto como un exceso. Hay momentos en que la aparición tiene una significación específica que enriquece -la aparición de Des, el ascenso de Jako- pero en otros se torna meramente ornamental al grado que se llega a predecir el momento en que saldrá, lo resalto porque creo que llega a afectar al conjunto de la obra al acercarla al mero espectáculo visual, algo injusto para un trabajo conjunto que merece reconocimiento.
Finalmente, hay que reconocer también la intervención de Víctor Ortiz como El hombre, rol que pese a su brevedad nos permite disfrutar de sus capacidades físicas. El diseño sonoro en vivo por parte de Juan Pablo Villa y el vestuario de Carmita Soria son otros aciertos del montaje. La obra se ha inscrito para la eliminatoria de la Muestra Nacional de Teatro que se llevará a cabo por segunda ocasión en noviembre de este año en la capital potosina, esperemos que libre esta etapa y la podamos ver de nueva cuenta, esperemos también que la competencia le sea dura y que ello signifique la recuperación de un nivel perdido en el estado y el país.

lunes, 15 de febrero de 2010

De columnistas e hijos de puta


Las páginas, tanto impresas como electrónica de Milenio reproducen el 15 de febrero la columna La historia en breve, de Ciro Gómez Leyva con un título que por supuesto llama la atención: Los “hijos de puta” de Aguilar Camín.

A grandes rasgos la columna deplora la reacción que los tijuanenses tuvieron para con el Secretario de Gobierno, Fernando Gómez Mont, durante la tortuosa visita de pretensiones expiatorias que este realizara junto con el presidente a esa ciudad devastada por la violencia del crimen organizado desde hace muchos, muchos años. Gómez Leyva dice que le duele mucho la forma que lo confrontó la gente -al grito de ¡Asesino!- y el zape que una mano tan desconocida como impotente le propinó al funcionario. Agrega que al día siguiente le pidió a Héctor Aguilar Camín su opinión dentro del noticiario radiofónico del primero y la base de la respuesta se puede resumir en esta frase: “No hay una condena moral sistemática contra los asesinos”, con la cual se lamenta de que la gente exija fuertemente al gobierno por su acción (o inacción) ante los hechos criminales antes que voltear contra los criminales.

Completamente válida la opinión de ambos comentaristas, pero es el punto de vista de dos informadores que se distinguen por su completa parcialidad en los temas que les son cercanos, ambos han dado innumerables muestra de su capacidad de dejar de informar para pasar a ser jueces cuando sienten sus intereses vulnerados.

Nada más para que la desmemoria no nos agarre desprevenidos, hay que recordar que pese a que Aguilar Camín ha sido dentro de su trayectoria periodística sub director del diario La Jornada -bastión de la izquierda mexicana-, siempre ha tenido proclividad a apoyar las decisiones más polémicas de los gobiernos en turno; su revista Nexos fue abiertamente favorecida durante el salinato y cómo olvidar su responsabilidad en el escándalo por la bizarra cantidad de errores de los libros de texto gratuitos en 1992.

Gómez Leyva por el contrario se ha distinguido por ser un polemista, un cuestionador inteligente que sentó además un precedente positivo con el noticiario de Canal 40 que perduró hasta el asalto de las instalaciones por parte de los golpistas pagados por TV Azteca. Pero también se ha distinguido por ser radicalmente parcial cuando debe de tratar temas que aluden a sus amigos o sus circunstancias, como se pudo constatar cuando salió a flote el escándalo que involucraba a su ex jefe Carlos Ahumada y como es frecuente ver en la misma columna a que se está haciendo referencia ahora.

Por el lado del juicio popular cuestionado, es cierto que la gente ve en los gobernantes al enemigo cuando se trata de reclamar justicia antes que mirar directamente a quien les hizo el mal, pero años y años de impunidad provocada por las autoridades les asignan claramente un lugar preponderante en la responsabilidad de la descomposición social.

¿Cómo pretenden que las personas que han sido afectadas no reclamen a las autoridades su responsabilidad? Evidentemente no es la mano de Gómez Mont la que ejecutó a los 16 jóvenes juarenses y por tanto no se le puede achacar el término de asesino con su responsabilidad legal, pero sí se le puede atribuir tanto a él como a las autoridades de los tres niveles de gobierno, a los legisladores y demás funcionarios pasados y presentes la responsabilidad del estado de las cosas en el país, por tanto el epíteto le cabe bien a él, al presidente y todos los involucrados.

¿Se puede encarar de esa manera a los asaltantes, secuestradores, violadores, narcotraficantes y la muy variada gama de criminales con que contamos y permanecer de una pieza? Por lo que dice la columna, al menos en la forma en que está redactada, eso es lo que quieren ambos periodistas, que la sociedad increpe directamente a los delincuentes aún a costa de su seguridad, pues al fin y al cabo ellos son quienes los afectan y no el gobierno. Una lógica devastadora la suya, la justificación de la incompetencia de los cuerpos de seguridad como respuesta a las manifestaciones que les exigen cumplir con el propósito para el que fueron creadas, manifestaciones que por cierto ante la lasitud de los gobiernos tienden a volverse cada día más grandes, adelgazando a grandes pasos la capa que separa al Estado del caos.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Década 1 (I)


Los primeros rayos de luz del año 2000 me dieron de lleno en el ojo derecho para recordarme que era hora de ir al mercado República por un menudo que apaciguara los últimos vapores etílicos del siglo XX en mi cuerpo; agarré rumbo y me lancé a esas calles que finalmente no habían desaparecido como predijeron los eternos fatalistas e interpretadores de biblias, Nostradamus y mitologías varias que auguraban en el comienzo del milenio el fin del mundo como lo conocemos.
No imaginaba entonces la serie de señales que durante el año se dieron para formar el camino del planeta en esta nueva etapa (bueno, nueva de acuerdo al calendario gregoriano, que marca tanto el tiempo de occidente como el dominio ideológico del cristianismo); Bill Clinton fallaría en su intento de remediar de una vez por todas el estúpido conflicto árabe-israelí y la soberbia de Ariel Sharon habría de generar una nueva Intifada. Slobodan Milosevic se enteraría por medio de la TV que su leyenda como “Carnicero de los Balcanes” llegaba a su final junto con la República Socialista de Yugoslavia.
De este lado del continente, la avejentada Revolución Cubana cobraba un nuevo respiro cuando Fidel Castro comprendió el poder de los medios masivos de comunicación y en una coreografía sin par con el gobierno gringo realizó un incipiente reality show de la desgracia del niño náufrago Elián González, que sin deberla ni temerla se convirtió en icono de lucha contra el “imperialismo yanqui”, un golpe más para la administración Clinton, que tuvo dramático final con unas elecciones por demás dudosas para el supuesto país más democrático, merced a lo cual llegó a la silla el simio antropoide de George Bush Jr.
Para infortunio, no acababa de burlarme del destino del vecino norteño cuando me tocó el dudoso honor de anunciar en vivo desde el Consejo Estatal Electoral el triunfo en las urnas de Vicente Fox Quesada, candidato a la presidencia de la República por el ultraderechista PAN, nota que me llevó a tener que salir a tomar aire a la calle, sólo para darme cuenta del ambiente festivo desatado, ante el cual sólo pude pensar lo que anteriormente tenía preparado para USA: Los pueblos tienen el gobierno que se merecen.
Al menos para los tragos amargos pudimos disfrutar ese año de películas como Snatch, de Guy Ritchie; la maravillosa 9 Reinas de Fabián Bellinsky; Requiem por un sueño, de Aronofsky; Amores perros, buena película que gracias a la sobrevaloración que obtuvo puso a México en la mira internacional; la entrañable Casi Famosos y la pacheca Battle Royale, así como la durísima Viólame.
En la música no nos iba tan mal tampoco, Radiohead sacó a la venta Kid A, extraña pieza que ya ha sido declarada por toda serie de dudosas listas como el mejor de la década. Coldplay se aventaba con Parachutes; Lou Reed con su Ecstasy; el At The Drive In de Omar Rodríguez hacía lo propio con Relationship of command; Primal Scream con XTRMNTR; Björk traía el soundtrack de Dancer in the Dark en Selma Songs y Muse empezaba a abrirse camino con el magnífico Showbiz. Uno pensaba que al menos en cine y música podría librarse de las desolaciones del tiempo e Internet comenzaba a ser un espacio de intercambio importante, el campo donde la voracidad de las disqueras y distribuidoras estaba siendo minada merced al trueque primitivo avalado por Napster, el programa de intercambio más extendido entonces, característica que le valió ser demandado por varias disqueras tras un berrinche de los mamarrachos de Metallica. El embate, sin embargo, sólo consiguió que Napster ampliara su número de usuarios; la primera gran batalla contra el sistema económico parecía estar dada a favor de los internautas… sin embargo Napster cedió y se vendió a Bertelsmann para empezar a cobrar por descarga a partir de 2001.
El Zeitgeist de la década estaba echado.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Panegírico de Ileana


Sería falso de mi parte decir que fui amigo íntimo de Ileana Illescas, no lo haré. Nos conocimos hace más de 15 años, cuando hacía mis pininos en el teatro y ella era ya una actriz consagrada; recuerdo que la primera vez que la vi actuando pensé que era la mejor actriz que había visto en vivo hasta entonces y lo curioso es que ahora sigo pensando lo mismo.
Seguí con avidez cuanto hacía en teatro, cine o tv desde entonces, siempre con la predisposición de que me gustara lo que hacía, así subjetivamente, y no hubo manera de hacerme cambiar de opinión. Muchas veces la vi ir y venir en su bicicleta, siempre portando su hermosa sonrisa como carta de presentación para asombrar al mundo, con esa chispa tremenda que ponía a todos de buenas, con su palabra amorosa para saludar, esa luminosidad cegante que pocas personas poseen.
Un día, sin mayor lazo mutuo, platicó conmigo de cosas dolorosas por las que yo pasaba, con ese amor encabronado que irradiaba y la paz consiguiente que dejaba tras las charlas. Me dejó noqueado.
Sólo tuve una oportunidad de verla este año, esperaba que se diera una más este sábado en el festival organizado en su honor. Ya no la veré en persona, pero se que veré en todos los participantes algo de ella, un cachito, como el que ha quedado en mi.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Para documentar la estupidez humana VI. El amor


Estoy casi seguro que el tema del que más se ha escrito es el amor (carnal, que es el tema) y se ha hecho de todas las maneras posibles, aunque en la mayoría de una forma condescendiente para un sentimiento que viéndolo fríamente es más un estorbo que una fortuna, como se pretende hacernos creer.

Como sabiamente lo describió Schopenhauer, el amor es en esencia una sublimación del instinto primario de reproducción de la especie, sublimación que se estaciona al lado de la irracionalidad desde el inicio de los tiempos y que funciona para proporcionarnos un sentimiento de seguridad y bienestar consistente en la delegación de las debilidades propias para que sean veladas por la pareja.

El problema no es el sentimiento en sí, si no la negación del raciocinio que le es implícita, la cual irremediablemente lleva a estadías de sufrimiento cíclico que la persona se niega a remediar por mantener tercamente la fe en el ser amado, algo que en la mayoría de los casos no es ya infructuoso sino francamente estúpido, por ello el insuperable aforismo de Georges Perros -“Amar es darle a alguien el derecho, cuando no el deber, de hacernos sufrir”- ilustra a la perfección la cláusula central de una relación amorosa, con lo cual queda demostrado el absurdo principio de masoquismo del sentimiento en cuestión.

Es por otra parte, vale resaltarlo, igualmente estúpido el tratar de mantener una vida sin sentirlo, toda vez que culturalmente hemos sido educados para establecer este intercambio sentimental de manera imprescindible para poder solventar adecuadamente las necesidades afectivas que nos son inherentes, y no me refiero al mero acto copulativo –que es una necesidad elemental, pero se puede practicar sin necesidad de que esté implícito el aspecto amoroso, que para eso es el acto más puramente animal de nuestra especie- si no al sentirse seguro, acompañado, comprendido y el resto de cuestiones que se intercambian en una relación. También está científicamente comprobado que el amor favorece a nuestro organismo a través de procesos que le benefician y ayudan a mantenerle saludable.

Mención aparte merece la aportación que los males de amor han brindado a las artes y menciono los males precisamente porque son estos los que se ven reflejados en las grandes obras que abordan el tema, pues ni siquiera en las festivas encontramos una historia que hable del amor como sentimiento terso; invariablemente los personajes sufren por las más variadas circunstancias provocadas por el amor, sufrimiento que –también invariablemente- es tramposa y malamente escondido con el triunfo final de los enamorados, ejemplo más claro no hay que el cierre típico del “y vivieron felices para siempre”, tan cursi y absurdo como improbable.

El amor pues, lleva a una serie de obstaculizaciones para una vida normal que vienen siempre acompañados de una ceguera voluntaria que afectan tanto a la persona que lo padece como a sus cercanos e incluso a terceros que no tendrían por qué padecer los problemas ajenos que se dan por ejemplo en lo laboral con los sufrientes que bajan de manera considerable su desempeño desencadenando así las mencionadas molestias. Iba a mencionar también como mal los suicidios causados por el amor, pero pensándolo bien es un aspecto positivo que aporta su grano de arena a remediar el exceso de población del planeta.

Dicho de otra manera, si fuésemos mejor criados, como personas seguras y auto suficientes, las relaciones amorosas seguramente alcanzarían un grado de raciocinio permisible para que pasara a ser un sentimiento netamente positivo, sin embargo como eso no va a suceder nunca, no pasará de ser mucho más que un pretexto para escuchar boleros rancheros.

domingo, 21 de junio de 2009

Algo sobre mi padre



Me empecé a interesar en el arte gracias al Libro Vaquero. Quizá poco antes, con los comics de Cantinflas Show, pero me gusta pensar que la raíz de todo fueron aquellas sosas aventuras de vaqueros llenas de mujeres voluptuosas, borrachines de Saloon, Apaches despistados y gringos malalma que llenaban las páginas de esa historieta.

Recuerdo que un día –los sábados regularmente acompañaba a mi padre a la bodega en el mercado de abastos para aprender el oficio, de tomatero y chilero en nuestro caso- estaba aburrido al mediodía y para entretenerme tomé un ejemplar del Libro Vaquero, hasta que mi padre volteó a ver qué hacía y se dirigió hacia mi, me dijo que no debía leer eso, que lo esperara, entonces lo ví cruzar la calle hasta el puesto de revistas, seleccionar algo y regresar, traía en la mano el número 1 de Joyas de la literatura, que era una adaptación de Romeo y Julieta, y me la dio pidiéndome que no siguiera leyendo la basura de historieta western que aún tenía en las manos.

La historia me golpeó. Aún a mis diez años pude darme cuenta que la adaptación no podría ser sino algo muy menor respecto a la obra original y quise leer el texto, recuerdo que incluso al final de la adaptación había una leyenda que decía: “Estimado lector, si le gustó esta adaptación, no dude en buscar la obra original”. Le pedí a mi padre que me comprara el libro.

A partir de entonces me volví seguidor de esa historieta y de Novelas inmortales, ambas eran adaptaciones pobres, pero gracias a ellas me interesé en leer a London (El Vagabundo de las Estrellas, me sigue impactando); Melville (Moby Dick fue una iluminación total); Bronte (Heathcliff, de Cumbres Borrascosas es alguien con quien siempre me identificaré); Stoker, Poe y Sheridan Le Fanu (El entierro de las ratas, Las aventuras de Arthur Gordon Pym y La profecía de Clostedd me volvieron fiel seguidor del horror).

Tal vez sin pensar en las repercusiones, mi padre se volvió mi mentor literario, un hombre que cursó apenas el segundo grado de educación básica fue mi primer y mejor maestro de literatura; recuerdo su cara cuando me veía consumiendo libros desaforadamente –de los 11 y hasta alrededor de los 25 leía unos tres por semana-.

Recuerdo también nuestras peleas. Mi ira contra la suya, descontroladas. Pero ante todo la mirada de orgullo con que me veía. Su infinita tristeza cuando reprobé un año en la prepa por no ir a clases. Mi promesa consecuente de no volver a fallarle.

Recuerdo a un tipo gordo y bajito con quien cantaba en las tardes El Barzón, que fue la única canción que aprendí a tocar en la guitarra de Paracho que me regaló a los 9 años. Lo recuerdo comiendo tallos de apio con mi hermana en las noches sabatinas de box. Besando a mi madre en un restaurante de la Feria Nacional Potosina.

Eso fue en la primera mitad de mi vida. He vivido tantos años como tenía el día en que murió. Y aún le sigo buscando, extrañando, deseando que todo sea un sueño y en un rato vuelva.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Papiers collés (II)

Un diario íntimo alegre es inimaginable. Cuando un hombre se inclina hacia sí mismo, hacia su pasado inmediato, sólo recoge huellas de desastres.


Nunca hice nada que no fuera por placer. Sería mucho decir que no he hecho gran cosa.

Tener un destino, ¡qué idiotez! Es liberarse de todo destino lo que cuenta un poco.

No se necesita ser muy listo para pensar que todos los hombres quieren ser libres y no desdichados. Falso. Ellos quieren su libertad, no la del vecino. Quieren su dicha –o su desdicha- no la del vecino. Cuando dos libertades se juntan, es la guerra.


Uno no escribe porque está loco, si no para no enloquecer.


Escribir es alegre. Uno puedes escribir alegremente que se va a suicidar.


Cuanta razón tienen aquellos que niegan la inspiración. Basta leerlos.


No somos modernos porque empleamos nuevos procedimientos –en música, particularmente- sino porque sin ellos no sabríamos expresarnos.


La historia. ¿Por qué nunca he asistido a un gran acontecimiento? Más tarde me enteré. Me dijeron que estuve.


El arte moderno nos hace cambiar de calle para encontrar al arte moderno. El arte moderno dice nuestra precariedad. El arte antiguo decía nuestra muerte eterna. El arte moderno dice nuestra vida continuamente “agónica”. El hombre ya no tiene al tiempo “delante” de sí. Él es, siente serlo, el último hombre. (Es abusivo, pero así es.) por lo cual la noción de posteridad carece de sentido. Se trata de saber ahora o nunca. Vivir se ha vuelto absolutamente apasionante, a todo nivel de escala. Bataille lo había sentido. La soberanía.


Escribir es trasgredir una ley natural, ya que no es necesario escribir para vivir. No es por instinto de conservación que un hombre utiliza la literatura con fines, lo más frecuentemente, ineficaces. Se trata de comunicar lo que el lenguaje corriente se revela incapaz de restituir; escribir vendría a ser un acto de fraternidad ambigua, cuyos límites evidentes ya no dependen de nuestras relaciones inmediatas con los otros, sino de aquellas, misteriosas, que un hombre decide tener con la poesía de sus semejantes. Se que hay escritores. Lo que prueba que escribir es un oficio. De hecho es así para muchos. Pero ¿Cómo saber si es el oficio lo que cuenta, o bien su materia?

miércoles, 20 de mayo de 2009

Papiers Collés (I)

el 2 de enero de 1994 no acababa de reponerme del asalto mental que implicó la aparicion pública del EZLN cuando cayó en mis manos La Jornada Semanal, en aquellos legendarios tiempos en que la dirigía Roger Bartra; en la portada de la revista aparecía Leonel Maciel, chamanazo, lo cual me llevó a abrir con avidez sus páginas y para mi sorpresa me encontré con un artículo de Luis Eduardo Rivera titulado "Defensa de la razón poética" acerca del filósofo francés Georges Perros, seguido de una serie de aforismos seleccionados de los tres tomos de sus Papiers Collés. Dos cosas -el EZLN y el artículo- que cambiaron mi vida en esos lejanos días de pre estudiante universitario.
En razón de la escasez de información sobre este enorme autor en la red, comienzo a trascribir los aforismos de Papiers Collés para después seguirme con el artículo, sin permiso de La Jornada, vale decir, pero total, el chiste es difundir sus ideas:

El hombre se pertenece cuando ya no se compara a ningún hombre.

Conocer al hombre es quejarse de ser uno de ellos.

El amor es esta cosa estúpida sin la posibilidad del chispazo dialéctico, y es evidente que no es asunto para quienes tienen el alma enfebrecida. El amor es esa mirada cursi, ese entrelazamiento melodramático con fondo musical que sube de tono, ese personaje en el jardín, ese otro en el patio, que se ven por primera vez, que no saben nada de su vida en común. El amor es como si nunca hubiésemos respirado. Todo el pasado desaparece, se funde y toma el nombre de espera. “Te espero”, dice el enamorado. Pero es obvio que no es una cita común. No hay hora, no hay lugar preciso para esta espera, para este triunfo milagroso de una ausencia que de pronto toma prestados unos posibles rasgos, un cuerpo verdadero, al que podemos estrechar y que es precisamente el único cuerpo en el mundo capaz de responder al nuestro, ya que está igualmente desposeído. Dos ausencias que buscan la misma cosa en el mismo lugar.

Amar es dar a alguien el derecho –cuando no el deber- de hacernos sufrir.

Lo peor que puede ocurrirle a Dios es que el hombre ya no ponga en duda su existencia. Es también lo peor que puede ocurrirle al hombre.

Escribir es renunciar al mundo implorando al mundo que no renuncie a nosotros.

Es escritor todo individuo para quien la vida, es decir los otros y él mismo, el cielo, los acontecimientos, no tienen fin. Es escritor todo individuo que no se atreve a vivir francamente. Todo escritor valedero está enfermo (nada que ver con la salud física). Si este hombre peligroso no se refiere ni a los otros, ni al cielo, ni a los acontecimientos, ni a él mismo, se dirá que es poeta. Si por fin está a tal punto desapegado que la alternativa sólo tiene lugar bajo él, se podrá hablar de espíritu.

Es por lo tanto cierto que el mundo es detestable, ya que tantas personas influyentes lo han dicho. Los moralistas – entre otros- no han dicho otra cosa, como si decirlo les permitiera vivir un día más. La soledad siempre ha sido negativa. La vida en sociedad conduce al suicidio. Lo que de ninguna manera nos impide tener amigos y soportar el “yo te amo” del otro sexo. ¿Entonces? Juguemos. ¿Pero a qué? Ningún juego soporta dos vencedores. ¿Empate? Sí, empate ¿Pero cómo hacer el amor?

“Tener algo que decir”, la estúpida expresión. Pero no hay nada que decir, eso salta a los ojos y a todo el resto. Es por ello que uno habla, escribe, se mueve sin cesar; es por ello que uno vive, de alguna manera. Es el cielo, la flor, el burro, el mar, los que tienen algo que decir, los que nos suplican que les ayudemos en su difícil pronunciación, estruendosa o muda. La lengua es la herramienta que nos ha sido dada para ayudar a encontrarles, a ellos, su decir, su palabra. Los hombres se entrenan entre sí para conservar intacta esta herramienta. Ay de éstos si se creen los propietarios, o si piensan que está hecha para su uso personal. Para su miserable comercio. La lengua no puede hacer sino daño, o nada –la moral- a los hombres. Toda la dignidad de los hombres está en la sacralización de las cosas. Pensar que uno tiene algo que decir es peor que masturbarse, placer triste, pequeña muerte. Amén.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Ballard, profeta de nuestro tiempo

Los lugares comunes describen la obra de J.G. Ballard como ciencia ficción ubicada en un futuro distópico, algo con lo que estoy en completo desacuerdo. Revisando su trabajo literario nos podemos dar cuenta que aunque sus textos bien pueden tener cabida dentro de la clasificación de ciertos sub géneros vinculados con la CF, el iluminismo que muestra en cada una de sus narraciones le vuelve más un visionario del futuro que un contador de historias imaginativo.

Tarde llega este homenaje, pero no quiero dejar de convidarles, como recuerdo a unos, presentación a otros, una pequeña muestra del inabarcable talento profético de uno de los escritores más importantes de la segunda mitad del siglo XX a través de una selección de citas que demuestran su capacidad profética y espero los mueva a buscar y devorar su obra.


El único y verdadero planeta alienígena es la tierra.


Asumiendo que la única cosa cierta acerca del futuro es que va a ser aburrido, el papel que desempeñará la ficción imaginativa se convierte en más y más importante para la supervivencia.

Si se tiene que categorizar el futuro en una sola palabra, esa palabra sería hogar.


Así como el siglo XX ha sido la era de la movilidad y su mayor exponente el automóvil, así la próxima era será una en donde en vez de buscar aventuras a través de los viajes, uno va a crear los suyos propios, de la forma que uno elija, en su casa. El individuo promedio tendrá todos los recursos de un estudio moderno de TV, conectado a procesadores increíblemente sofisticados y poderosos.


La ayuda electrónica, particularmente las computadoras domésticas, ayudarán a la migración interna, la opción de salir de la realidad.

La realidad no será ya lo de fuera, sino lo que hay dentro de tu cabeza; será comercial y desagradable al mismo tiempo.


En un mundo completamente cuerdo, la locura es la única libertad.


Lo que nuestros niños deben temer no es a los autos en las vías del mañana, sino a nuestro propio placer por calcular los más elegantes parámetros de sus muertes.


Debo resumir mi temor sobre el futuro en una sola palabra: aburrido. Y ese es mi único miedo: que todo ha sucedido ya, nada excitante, nuevo o interesante volverá a pasar… el futuro será un vasto, conformista, suburbio del alma.


Y mi favorita:

… lo que es interesante ahora es que el tiempo se está acortando entre lo que es “rebelde” –“revolucionario”- y la “total aceptación social”.

En el futuro vas a tener una idea nueva radical, pero dentro de tres minutos estará totalmente aceptada y a la venta en el supermercado más cercano.



P.D.

Para ser sincero, solamente he leído un puñado de sus novelas, sin embargo sigo buscando en todo momento su obra, escasamente publicada en México. en calidad de mientras les recomiendo de menos las que han tenido adaptaciones cinematográficas y por ende son más fáciles de conseguir (con el libro con la portada de la película, claro): El imperio del sol, Crash y Exhibición de atrocidades. Además, si las encuentran, no se pierdan Noches de cocaína y sobre todo Isla de concreto, uno de los libros que más me han marcado.

Larga vida a Ballard, inconmensurable maestro.



miércoles, 7 de enero de 2009

Palestina, en la franja de Gaza

Recién he visto en La Jornada una foto que me impactó sobremanera: un pequeño de unos cuatro años, descalzo y sucio, recargado contra la pared y llorando con un rictus de profundo miedo y desesperación. Una infamia. Se trata de un niño Palestino refugiado en un albergue del ataque israelí contra su pueblo.
En el transcurso del día en que escribo este post ha pasado una supuesta tregua por parte de Israel merced a la iniciativa franco-egipcia y tres horas más tarde he visto en las noticias que se han reanudado los ataques. Más de 600 muertos palestinos, la mayor parte civiles, en buena medida niños y 6 soldados israelíes es el saldo al momento, sigo viendo las noticias y continúo sin comprender. Me horroriza la guerra. Me parece el acto más estúpido y aberrante del ser humano, la constancia plena de que debe ser la única especie que merece desaparecer. No entiendo, como igual le sucede a veces incluso a quienes lo estudian, el conflicto árabe-israelí, tanto odio, el ciclo inagotable de la violencia.
Desde hace tiempo me he interesado en esa historia cuyo origen es tan ambiguo como inútil el intento de discernir a que parte asiste la razón, por ello la torcidísima complejidad para poder resolverlo. En ese camino me encontré con Palestina, en la franja de Gaza, una novela gráfica de Joe Sacco, periodista, fotógrafo e historietista de quien ya había tenido la oportunidad de leer (gracias a mi amigo Kala) Gorazde: zona protegida, donde relata una parte de la guerra de Bosnia oriental mediante su propio testimonio.
Palestina, publicado originalmente en 9 tomos y compilada posteriormente en uno sólo a manera de novela gráfica, se sitúa hacia el final de la primera Intifada. Sacco acude a la maltratada franja de Gaza para entrevistarse con sus habitantes, reportero que enfoca la mirada en la gente común antes que en el frente de guerra, en aquellos que sufren los efectos de una carnicería en la cual a los ojos de los medios de comunicación solamente cuentan como parte de la numeralia de muertos y desplazados.
Estéticamente, Sacco opta por una diagramación nerviosa y desequilibrada, como si la página se tratase del propio cuaderno de notas del reportero que no muestra orden salvo para aquel que lo escribe, nos hace así partícipes de su recorrido y de las muchas entrevistas que va realizando en distintas ciudades de la franja, narrando siempre en primera persona y en ocasiones (como hacia el final del segundo capítulo) lleva a primer plano el texto y el dibujo se vuelve mero aporte ilustrativo, aunque al momento de leerlo casi no se percibe por la potencia misma de la narración.
El dibujo, aunque tiende al realismo, tiene una marcada influencia del comix underground, particularmente en el personaje del propio Sacco, que a diferencia del resto es una verdadera caricatura alejada incluso de las facciones reales del artista: se presenta como un tipo de lentes tan gruesos que no dejan ver los ojos, un pelo rebelde de cepillo y una boca gruesa y grande; se marca así como extranjero en el sentido amplio de la palabra. Es un observador, uno que busca entender lo que sucede alrededor suyo pero no es lo suficientemente real, como aquellas personas con las cuales conversa, víctimas de un conflicto inagotable que ya se ha vuelto parte de su modo de vida.
Y de esta manera también toma partido; la novela en sí habla del pueblo palestino y sus vicisitudes, de la incongruente dureza de Israel, de manera que no se trata de un reportaje imparcial, no llega a la militancia pero si sostiene –sin ocultarlo, vale decir-, simpatía por sus entrevistados. De ninguna manera este aspecto puede calificarse como demeritorio de la obra, por el contrario se ve más bien como una visión a contrapelo de la sostenida por los tendenciosos y sometidos medios de comunicación norteamericanos, lo cual ya es mucho decir.
Como pieza artística de comic, testimonial, reportaje, crónica; Palestina, en la franja de Gaza destaca por su valor intrínseco. En estos momentos, a más de 15 años de su publicación original vuelve a cobrar vigencia de una manera desafortunada pero oportuna, es una obra que hay que leer para entender un poco lo que de humano se puede encontrar en las regiones del terror.
Como siempre, la recomendación es conseguir la edición original, publicada en inglés por Fantagraphics y en español en Planeta D'agostini, en tanto, les dejo aquí un link para descargarlo.


lunes, 27 de octubre de 2008

Homenaje a Ibargüengoitia IV

Pues ya falta un mes para el 25 aniversario luctuoso del maestro y nada más no se ve por donde se le vaya a hacer justicia, ellos se lo pierden dando realce a campañas para causas baladíes o nombrando calles con apelativos de gente que no recordarán en dos años.
Les dejo ahora un fragmento del texto en el cual Ibargüengotia estaba trabajando cuando con mal tino se le atravesó la muerte, que era uno de esos de corte autobiográfico aderezado con su fino humor negro. Se llamaba Isabel cantaba para ese tiempo, aunque ya había cambiado de título varias veces y Joy Laville afirma que en realidad para cuando el accidente ya había cambio de identidad por Los amigos. Letras libres publicó en febrero de este año una versión más extendida de la que les presento, visítenla los que se queden picados.

Isabel Cantaba

Isabel cantaba. Tenía buena voz pero lo importante es que cuando cogía una guitarra se transformaba: establecía con el instrumento una intimidad que atraía a los que la observaban. Isabel decía que “se entregaba” al cantar. Es posible: que ella se entregara y que los que la veíamos la imagináramos entregándose a cada uno con el mismo abandono que a la guitarra.
La conocí en un día de campo al que Pablo Escarpia me invitó porque quería presentarme a una actriz amiga suya, dijo. Después de la comida Isabel cogió la guitarra, se sentó en unas piedras, cantó “Quiero volver” y yo me enamoré de ella. Sentí que tenía que inventar algo para verla otra vez.
–Voy a hacerte una estrella –le dije.
La cité en los estudios para hacerle una prueba. Isabel era actriz de teatro y su ambición era entonces hacer el papel de Medea. Quería decir ante la cámara una parte del soliloquio, yo mandé al utilero por una guitarra y la hice cantar “Quiero volver”. Lo hizo con tanta pasión que cuando dije “corte” los manuales aplaudieron. Cuando vi la prueba en la pantalla me emocioné casi tanto como en el día de campo.
En este punto interviene el destino: Rotonda L’Aiglon rechazó el papel que tenía en El ogro dos días antes de que empezáramos a filmar. Provocó una situación que parecía desesperada, porque en ese momento no había en México una actriz conocida, buena o mala, que no estuviera filmando y Carlos Belfonte, el actor principal, tenía que comenzar otra película al cabo de tres semanas. Gregorio Spada, el productor, no hallaba qué hacer, gracias a eso logré que viera la prueba de Isabel. No aplaudió como los manuales –a Gregorio no le gustan las mujeres– pero dijo:
–Ponla mañana a hacer el papel, a ver si puede con él.
Al día siguiente Isabel estaba nerviosa, pero yo le di órdenes precisas:
–Estás tratando de descubrir el motivo del suicidio de tu padre, atraviesas al cuarto y vienes a pararte frente a la ventana.
Desde entonces tenía un andar admirable. Filmarla era como seguir con la cámara a una pantera. Carlos Belfonte quedó favorablemente impresionado.
–Tiene madera de actriz –me dijo, mirando las nalgas de Isabel.
Al día siguiente Gregorio aceptó darle el papel, Isabel estaba feliz, fue a mi despacho a darme las gracias y me besó. Yo traté de hacer el amor con ella allí mismo, pero se resistió.
–No puedo –me dijo.
–Vamos a otro lado.
–No insistas –me pidió– porque tendría que rechazar el papel.
–¿Por qué no? –pregunté.
–Amo a Ricardo.
Era el marido. Yo lo había conocido en el día de campo: “soy un hombre de negocios”, había dicho; le decía a su mujer “querida”. Miré a Isabel a los ojos y dije para mis adentros:
–Antes de tres semanas voy a tenerte en la cama.
Modificamos el papel de El ogro para meter una canción a fuerzas. Durante la filmación los manuales se peleaban por llevar la silla de Isabel. Gregorio observaba.
–¿Te has dado cuenta, Paquito –me dijo un día–, que la mitad del personal quisiera irse a la cama con la primera actriz?
No supe qué contestar. Gregorio siguió hablando:
–Es señal de que la película va a gustar al público. –Y fue a una mesa que estaba allí cerca a tocar madera.
No me importaba que otros tuvieran las mismas intenciones que yo, porque era el director y estaba en primer lugar. Cuando filmábamos ponía atención a Isabel, pero la trataba con brusquedad. Un día le dije, por ejemplo:
–No abras tanto la boca cuando dices “te amo” porque se te ve hasta la campanilla.
Carlos Belfonte me reprochó:
–Eres muy grosero con ella.
En otra ocasión dije a Isabel:
–Te peinas como María Félix. ¿Por qué no te restiras el pelo y nos dejas ver tu cara tal como es y no en medio de esa aureola ridícula?
Isabel se quedó sin aliento pero cambió de peinado. Hizo bien: ahora las mujeres se peinan como Isabel Aparicio y esto ocurrió gracias a mí.
Mi despotismo nomás duraba ocho horas, al terminar el trabajo los papeles se trastocaban.

Yo le decía:
–¿Quieres que te lleve a tu casa?
Y ella me contestaba:
–Gracias, pero Ricardo me está esperando.
Ricardo estaba en el estacionamiento, sentado adentro del coche, un Studebaker azul, de aquellos que parecían mariposas. Era tiempo de lluvias, Isabel iba a encontrarlo corriendo, cubriéndose con el libreto.
Isabel tenía buen carácter. Nunca habíamos hecho una película en que la primera actriz causara menos problemas; no tuvo pleitos ni con la maquillista, cosa notable. Gregorio estaba contento.
–Si El ogro no es un desastre –me dijo– contrato a Isabel por tres años.
Supimos que no iba a ser un desastre el día del estreno: Isabel acabó cantando “Quiero volver” en la rueda de prensa. Carlos Belfonte se molestó un poco y se fue a su casa temprano. Gregorio invitó a los demás a su departamento. Cuando entré en el salón, él estaba tocando “Blue Moon”, una de las tres piezas que sabe, Isabel estaba de espaldas a mí, apoyada en el piano. Sentí de pronto una ternura muy grande y fui directamente hacia ella, estuve a punto de acariciarla pero no me atreví, me acerqué hasta sentir el calor de su cuerpo. Cuando comprendió que había alguien atrás se dio la vuelta y al verme su rostro se transformó, sonrió y me tomó de ambas manos.
–Todo lo que ha pasado –me dijo– te lo debo a ti. No sé qué hacer para agradecerte. Yo sí sabía pero no se lo dije. Su gesto y la frase me habían conmovido.

viernes, 10 de octubre de 2008

Píscore

De las muy escasas cosas que ahora me provocan sonreír destacan Les Luthiers, genios absolutos demostrando su potencial en mi gag favorito:




sábado, 27 de septiembre de 2008

Homenaje a Ibargüengoitia III


En esta tercer entrega del homenaje al maestro Ibargüengoitia les dejo un cuento incluido en La Ley de Herodes, único libro que el gran guanajuatense publicó en este género, aunque encasillarlo ahí es un tanto impreciso, porque cada una de las narraciones del libro contiene bastantes elementos biográficos. Que lo disfruten.

LA MUJER QUE NO

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré... En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinaria mente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus grandes ojos almendrados, el pelo estirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cercanas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo... su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.
Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cercanos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un mediodía brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. "Jorge", me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una docena de veces era mucho. Le puse una mano en la garganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había tenido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impulsos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de enmedio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. "No importa, no importa." Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza. . . hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.
Después del accidente, fuimos al Sep de Tamaulipas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores.
La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. "¿Te veré?" "Nunca más." "Adiós, entonces." "Adiós." Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.
Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha. . . fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: "Búscame mañana, a tal hora, en tal parte"; y desapareció.
¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparcimiento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gracias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: "Esto es para ti." Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silencio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.
Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: "¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!" Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.
Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.

Y esto es que un mes después recibí, no un telegrama, sino un correograma que decía: "Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p.m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras significan "adivina quién"). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acercaba la hora de ver saciados mis más bajos instintos.
Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, porque no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y esperé. Inmediatamente empezaron a llegar gentes conocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.
Pasaba el tiempo.
Caminando por la calle de Génova pasó la Joven N, quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.
Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en dos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida. . .
La Joven N volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la Joven N venía mirando hacia el Konditori.
Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.
Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la Joven N, que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: "Did you guess right?"
Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la Joven N se puso incómoda; luego, me repuse, platicamos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.

Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.
Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar.
La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos . . . hasta que llegaron sus hijos del parque. Después, fuimos a darles de comer a los conejos.
Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: " ¡Es mía!'' Y luego, con una impudicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofensiva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. Me dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el teléfono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, también, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos sucios. Entonces regresó el marido poniéndose el saco y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: "Espérate" y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindamos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. "Es para ti", me dijo. Yo la miraba mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba nada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. Eso le encantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besamos apasionadamente, busqué el cierre de sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él... y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos jadeantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.

Hubiera podido, quizá, regresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente del siguiente o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de mi escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la historia), son más numerosas que las arenas del mar.

martes, 16 de septiembre de 2008

Para documentar la estupidez humana V. Pruebas irrefutables en el sistema educativo mexicano.

Si Vasconcelos viviera, estoy seguro que se suicidaba. Los esfuerzos del llamado Apóstol de la educación en México no sólo no han rendido frutos con el paso del tiempo, sino que la única etapa en que el sistema educativo de nuestro país ha sido un poco decente se encuentra a años luz de lo que sucede en la actualidad. Transcribo una nota aparecida en Pulso -diario que se publica en San Luis Potosí- el 16 de septiembre de 2008:

El 82.1% de los 23 mil 157 alumnos de nivel bachillerato a quienes se les aplicó la prueba ENLACE[1], obtuvieron calificaciones de “insuficiente” o “elemental” en el área de Matemáticas.
En cuanto al parámetro “Habilidad lectora”, el 49.6% de los 23 mil 105 evaluados obtuvieron los mismos resultados.
Las calificaciones “Insuficiente” y “elemental” en el área de Matemáticas, explica la Unidad de Planeación y Evaluación de Políticas Educativas, significan que el alumno no tiene capacidad para resolver problemas que involucren más de un procedimiento, ni tampoco las que requieren realizar multiplicaciones y divisiones combinando números enteros y fraccionarios.
No pueden tampoco calcular raíces cuadradas, hacer uso de razones ni de proporciones y mucho menos resolver problemas mixtos. En el caso de San Luis Potosí, 46.8% de los jóvenes evaluados obtuvo calificación insuficientes y 35.3 elemental.
En cuanto a “Habilidad lectora”, la prueba reveló que casi la mitad de los jóvenes potosinos no son capaces de relacionar elementos que se encuentran a lo largo del texto. Tampoco comprenden de forma completa y detallada el contenido global de un texto. No infieren relaciones del tipo problemas-solución, causa-efecto ni comparación-contraste.

Hay que señalar que la nota es incompleta, pues solamente documenta la ínfima preparación con que cuentan los imberbes adolescentes sin hacer mención de que obviamente los índices bajan en relación al grado de marginación, es decir, entre más pobre, menos entra la letra, lo cual nos conduce a un problema distinto al que originalmente nos ocupa.
Hecha la aclaración anterior hay que ser justos y reconocer que sí, la culpa es de la baja calidad de los maestros mexicanos, hundidos y retozando felices en el lodazal sindicalista que los absuelve de cumplir con sus obligaciones y les brinda todas las facilidades para que las 2 neuronas que activan los escasos días en que imparten clase, no sufran mayor deterioro. Es cierto, ellos son culpables. Pero también los padres de familia, y en gran medida. No se puede delegar alegremente la responsabilidad a los tipos que se paran frente al pizarrón, como ya se ha dicho muchas veces antes y pese a la indignación que causa esto a los pobres hombres que trabajan todo el día sin parar y las abnegadas amas de casa que apenas se dan tiempo para las labores del hogar.
Sin embargo y para consuelo de los arriba acusados, hay que reconocer que el grado de estupidez ha crecido naturalmente de unos años a la fecha. Salvo raras excepciones, el grueso de los jóvenes y generaciones venideras se distinguen por una feliz propensión a la banalidad intelectual y holgazanería neuronal. Ahora, como en mis tiempos y en los de mis padres y etc. se puede hacer la misma pregunta: ¿de qué carajos me sirve a aprender a sacar una raíz cuadrada? Pregunta muy justa si pensamos en la vida práctica y más si nuestro camino no se dirige al área de las ciencias duras, pero que también ahora, como hace muchos años, se puede responder igual: para ejercitar el cerebro. Para desarrollar habilidades intelectuales. Para aprender a pensar.
De la lectura… bueh… bastante bien sabidas son las cifras de nivel de lectura en nuestro país, aquí la novedad es que al parecer si ya de entrada se lee poco, el asunto empeora porque los jóvenes no comprenden lo que leen. Hace poco leía un artículo donde se decía que gracias al Internet la gente volvió a leer, ya que en buena medida de ahí se extrae la información. Yo por el contrario pienso que se lee poco y se escribe peor, además que de acuerdo a las estadísticas la verdad parece tenerla aquella canción del musical Avenue Q que generó miles de versiones en la red gracias a su famoso y dogmático coro: The Internet is for porn.
En fin, está visto que la realidad supera a los blogueros pesimistas y misántropos como este escribidor.


[1] Según la descripción de la propia Secretaría de Educación Pública esta prueba: “ENLACE Media Superior es una prueba que tiene como objetivo determinar en qué medida los jóvenes son capaces de aplicar a situaciones del mundo real conocimientos y habilidades básicas adquiridas a lo largo de la trayectoria escolar que les permitan hacer un uso apropiado de la lengua –habilidad lectora– y las matemáticas -habilidad matemática-.
No es un examen que aprueba o reprueba. Tampoco permite emitir juicios de valor para calificar o descalificar la calidad de los servicios educativos de los planteles de media superior.
Es un instrumento de evaluación que proporciona información a la sociedad acerca del grado de preparación que han alcanzado los estudiantes del último grado de Educación Media Superior promoviendo la transparencia y rendición de cuentas.”
Es decir, se curan en salud para afirmar que si los escuincles son burros es por una cuestión congénita y no por la propia estupidez de los maestros.

martes, 9 de septiembre de 2008

Las puertitas del señor López


En 1979 Argentina vivía bajo la dictadura del criminal lamentablemente aún vivo Jorge Rafael Videla. Eran tiempos oscuros para la libertad de pensamiento y expresión, las desapariciones forzadas se tomaban como algo común y los derechos humanos simplemente no existían para el gobierno. Con todo, bajo este clima de terror aparece en 1979 en las legendarias páginas del número 1 de la revista El péndulo[1], la primera entrega de Las puertitas del señor López, una de las piezas cumbres de la historieta argentina, obra de dos grandes de este arte, Horacio Altuna y Carlos Trillo.
Como toda buena obra de arte, Las puertitas del señor López puede ser leída en diversos niveles semánticos, aunque Altuna es bastante claro: "La historia trataba de un tipo muy pusilánime; era una visión de la Argentina bajo la dictadura. Nosotros la hacíamos pensando que estábamos bajo ese régimen".
La anécdota es única y de ahí parten todas las historias; López, un tipo regordete, calvo y –como ya señaló el autor- muy pusilánime, jamás levanta la voz, opina o se expresa de manera alguna ante una situación que para él o quienes en ese momento le rodean resulte denigrante, lo que hace es disculparse y dirigirse al baño, tras cuya puerta encuentra una cierta liberación de la mente –que no suya- con la cual escapa de la pesada realidad circundante. La transición no siempre resulta gratificante; tras la puerta López no adquiere la valentía, el coraje, la facilidad de palabra o el espíritu de la venganza, simplemente es otro plano de realidad construido en su mente limitada, que por tanto no es siempre alentador. En una ocasión entra al baño para librarse del pesado ambiente que se ha creado en la oficina por la llegada del nuevo jefe -del cual dicen es un monstruo-, sólo para encontrarse al cerrar la puerta con el mismísimo Nosferatu, quien lo persigue hasta acorralar al pobre López, pero de súbito desiste del ataque final y huye asustado al sentir al otro lado de la puerta la presencia del jefe-monstruo.
La puerta en tanto no representa un escape, sino la imposibilidad de la salida cuando la opresión del ambiente rebasa la propia voluntad, el miedo a la plena individualización del que habla Fromm en El miedo a la libertad. López encarna por tanto a esa sociedad empequeñecida por el miedo que reinaba en la Argentina bajo la dictadura, pero al mismo tempo representa a cada uno de nosotros en las infinitas ocasiones de la vida en que se deja de hacer lo que se quiere, o ya ni siquiera se recuerda que es ello y simplemente se deja pasar el tiempo, la vida, la miseria que nos tiene envueltos.
Los dejo con una de las peripecias del pobre López. Sería genial conseguir cualquiera de los dos tomos que recopilan la historieta (que impresa es la mejor manera de apreciar el noveno arte) pero como eso resulta un tanto bastante complicado, les paso el tip de que en Archivo de comics pueden descargar el primer tomo. Den click sobre las imágenes para verlas a mayor tamaño.





[1] El Péndulo fue una revista de historietas y literatura creada por Marcial Souto en 1979 que transitó por cuatro épocas hasta su desaparición en 1991. El primer número de la revista incluía artículos sobre rock, Lovecraft, cuentos de Bradbury, J.G. Ballard y otros autores, además de trabajos de algunos de los más importantes artistas de la historieta argentina, Enrique Breccia, Fontanarrosa y, por supuesto Trillo y Altuna.