miércoles, 20 de mayo de 2009

Papiers Collés (I)

el 2 de enero de 1994 no acababa de reponerme del asalto mental que implicó la aparicion pública del EZLN cuando cayó en mis manos La Jornada Semanal, en aquellos legendarios tiempos en que la dirigía Roger Bartra; en la portada de la revista aparecía Leonel Maciel, chamanazo, lo cual me llevó a abrir con avidez sus páginas y para mi sorpresa me encontré con un artículo de Luis Eduardo Rivera titulado "Defensa de la razón poética" acerca del filósofo francés Georges Perros, seguido de una serie de aforismos seleccionados de los tres tomos de sus Papiers Collés. Dos cosas -el EZLN y el artículo- que cambiaron mi vida en esos lejanos días de pre estudiante universitario.
En razón de la escasez de información sobre este enorme autor en la red, comienzo a trascribir los aforismos de Papiers Collés para después seguirme con el artículo, sin permiso de La Jornada, vale decir, pero total, el chiste es difundir sus ideas:

El hombre se pertenece cuando ya no se compara a ningún hombre.

Conocer al hombre es quejarse de ser uno de ellos.

El amor es esta cosa estúpida sin la posibilidad del chispazo dialéctico, y es evidente que no es asunto para quienes tienen el alma enfebrecida. El amor es esa mirada cursi, ese entrelazamiento melodramático con fondo musical que sube de tono, ese personaje en el jardín, ese otro en el patio, que se ven por primera vez, que no saben nada de su vida en común. El amor es como si nunca hubiésemos respirado. Todo el pasado desaparece, se funde y toma el nombre de espera. “Te espero”, dice el enamorado. Pero es obvio que no es una cita común. No hay hora, no hay lugar preciso para esta espera, para este triunfo milagroso de una ausencia que de pronto toma prestados unos posibles rasgos, un cuerpo verdadero, al que podemos estrechar y que es precisamente el único cuerpo en el mundo capaz de responder al nuestro, ya que está igualmente desposeído. Dos ausencias que buscan la misma cosa en el mismo lugar.

Amar es dar a alguien el derecho –cuando no el deber- de hacernos sufrir.

Lo peor que puede ocurrirle a Dios es que el hombre ya no ponga en duda su existencia. Es también lo peor que puede ocurrirle al hombre.

Escribir es renunciar al mundo implorando al mundo que no renuncie a nosotros.

Es escritor todo individuo para quien la vida, es decir los otros y él mismo, el cielo, los acontecimientos, no tienen fin. Es escritor todo individuo que no se atreve a vivir francamente. Todo escritor valedero está enfermo (nada que ver con la salud física). Si este hombre peligroso no se refiere ni a los otros, ni al cielo, ni a los acontecimientos, ni a él mismo, se dirá que es poeta. Si por fin está a tal punto desapegado que la alternativa sólo tiene lugar bajo él, se podrá hablar de espíritu.

Es por lo tanto cierto que el mundo es detestable, ya que tantas personas influyentes lo han dicho. Los moralistas – entre otros- no han dicho otra cosa, como si decirlo les permitiera vivir un día más. La soledad siempre ha sido negativa. La vida en sociedad conduce al suicidio. Lo que de ninguna manera nos impide tener amigos y soportar el “yo te amo” del otro sexo. ¿Entonces? Juguemos. ¿Pero a qué? Ningún juego soporta dos vencedores. ¿Empate? Sí, empate ¿Pero cómo hacer el amor?

“Tener algo que decir”, la estúpida expresión. Pero no hay nada que decir, eso salta a los ojos y a todo el resto. Es por ello que uno habla, escribe, se mueve sin cesar; es por ello que uno vive, de alguna manera. Es el cielo, la flor, el burro, el mar, los que tienen algo que decir, los que nos suplican que les ayudemos en su difícil pronunciación, estruendosa o muda. La lengua es la herramienta que nos ha sido dada para ayudar a encontrarles, a ellos, su decir, su palabra. Los hombres se entrenan entre sí para conservar intacta esta herramienta. Ay de éstos si se creen los propietarios, o si piensan que está hecha para su uso personal. Para su miserable comercio. La lengua no puede hacer sino daño, o nada –la moral- a los hombres. Toda la dignidad de los hombres está en la sacralización de las cosas. Pensar que uno tiene algo que decir es peor que masturbarse, placer triste, pequeña muerte. Amén.

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